Carlos Pott
(Perdonen esta vez el contenido. No esperen de mí aquí la frescura y ligereza acostumbradas).
 |
Madame tel quel. |
Con frecuencia acudo a mi vulgar edición de La princesse de Clèves, de Madame de
Lafayette, por comprobar si su frase final era cierta. Y allí sigue, tan obtusa
en su insultante transparencia:
Elle passait une
partie de l’année dans cette maison religieuse et l’autre chez elle; mais dans
une retraite et dans les occupations plus saintes que celles des couvents les
plus austères; et sa vie, qui fut assez courte, laissa des exemples de vertu
inimitables.
¡Ejemplos de virtud inimitables!, ¿pueden creerlo ustedes?
Pues sepan que lejos de quedar la tal novela dispareja, la gloriosa Princesa de Clèves tendría, pasados dos
siglos, un remake inconfeso en Middlemarch, de George Eliot, quizá, y
junto a La educación sentimental, la novela más
perfecta del siglo XIX. El novelón de la Eliot termina, a su vez, con un
recordatorio para el bronce: que las cosas, nos dice, podrían habernos ido mucho
peor a usted y a mí si no hubiera sido por todos aquellos que vivieron
fielmente una vida oculta y hoy descansan en tumbas que nadie visita. ¿Notaron
el alto vuelo de la expresión (la high
sentence o, si se me permite, el “fraseo elevado”) de las dos últimas líneas?
No se extrañen, no hago en ellas mucho más que parafrasear a Eliot: “who lived
faithfully a hidden life”, escribiera.
 |
Una madame de ocasión. |
Supongo que si alguno de mis viejos lectores viera películas
de Manoel de Oliveira habría recordado en cascada estas referencias cuando una
aristócrata portuguesa y fea, Camila, le dice en O princípio da incerteza a su inmemorial criada que “las personas
que no tienen personalidad múltiple son las llamadas figuras heroicas”. La
frase se acerca a ser digna de Flaubert, o al menos llega a emular la electricidad de un sentido del
humor clandestino que tiene por fundamento la irredenta acedía. Una vez desbrozado
el mundo de las personalidad múltiples, aquello que queda es el grupo de los
héroes: la heroicidad es un signo unívoco.
 |
¡Portugaaal! |
La escena transcurre en un cementerio, lugar incapacitado para la neutralidad.
Y no puedo recordar muy bien, aun cuando apenas acabo de verla, a santo de qué
viene esa disquisición de la protagonista: sí recuerdo, y me siento como recién
despertado de un delirio, las líneas generales de la historia que se marca
Oliveira, tomadas de una novela que, como imaginan, no he leído. Se trata de la
historia de Camila, malcasada con el apuesto Antonio. Antonio, avieso, pasa el
tiempo cortejando al mismo demonio encarnado en la temible Vanessa, alcahueta y
usurera, que amenaza a Camila con arrebatarle marido y posición social
cobrándole las ingentes deudas de juego que dejara pendientes su padre tras su muerte, y que amenazan a su vez con contaminar a Camila mediante
vínculos de consanguineidad con cuya legitimidad se especula toda la película.
Creo que el que no haya visto una película de Manoel de
Oliveira no puede llegar a imaginar lo
que allí se cuece. Valgan algunos apuntes: la película comienza con la llegada
de una experimentada niñera a la casa de la poderosa familia para encargarse de
Camila, que acaba de nacer; al entrar en la salita, y ver el amoroso cuadro que
conforman madre e hija, el personaje recordará la humilde imagen de la virgen
con niño que tenía en su habitación-as-a-poor-portuguese-woman:
“¡Dios mío, parece la estampa de nuestra señora!”, exclama sin decoro ante la
indiferencia de los presentes. Mucho después, la scelerata Vanessa nos dirá en un aparte burlón durante una
conversación con una Camila en éxtasis de mojigatería: “Se diría que conoció a
la virgen María”.
Aun con todo lo que flirtea el director con la picantona
Vanessa, la película tiene por empeño reflejar la santidad de Camila frente a
la opinión torturada que esta tiene de sí (ella habla con espanto de los "lugares santos" de
Vanessa -se refiere a los prostíbulos y casas de juego-, pero es incapaz de
reconocer los propios porque, como santa que es, ha sido expulsada de ellos): su
opinión grisácea sobre la heroicidad tiene por fin excluirse de la nómina de
los líderes espirituales al considerar esquizofrénica su bondad, pues no nace,
dice, de la pureza del pensamiento, sino de la disciplina adquirida (“no soy
buena: no hago nada malo a nadie por disciplina.”).
 |
Detrás de todo hombre santo... |
Por supuesto, y con Eliot y Dorothea Brooke, Oliveira cree
que la santidad se cifra en la fidelidad disciplinaria que ha de mantenerse
respecto de una vida cualquiera que, eso sí, ha de experimentar alguna forma de apartamiento respecto de la comunidad; y cree también que solo será
el descubrimiento de las señales de Dios o el diablo lo que podrá determinar,
sobre un cuerpo ya sin vida, si aquella reclusión fue en verdad santa. La
santidad es una forma de simplificación, en la que el cuerpo que es tránsito de
conocimiento se contamina y transforma según avanza en su entendimiento de
Dios o, dicho de otra forma, según lo unifica. El santo parodia con la vida y el cuerpo el ser de Dios: la unidad. Por eso solo la ascesis, el abandono de sí, pero también la intensión de sí (el reconcentramiento, la íntima
inclinación: y es que el narcisismo y la sexualidad son caminos hacia lo
santo) conducen hacia allí, aunque de manera nunca infalible, siempre ciega.
No importa en suma lo que Camila piense y diga mientras la
representación nos la ofrezca monolítica y tenazmente mohína. Como mucho
podemos estar seguros de su resistencia y entereza frente al mal, que Oliveira
llega a subrayar con un gesto de una ridiculez que solo imagino que pueda
permitirse un director de su talante garboso: Camila nunca mira a Vanessa cuando
hablan. Pero también solo él, entre tan pocos, podría hacer de las escenas en que
actúa Camila signos tan pregnantes: solo el quietismo avasallador de su puesta
en escena puede convocar así la inmutabilidad del signo.
 |
Alguna miradita de reojo sí que le echa. |
Este no es un tema menor; es, de hecho, el tema al que me
dirijo: el poder, la esclavitud del pecado, la depravación y el nudo bien son colocados en el centro de O princípio da incerteza merced al
diálogo o la voz narrativa (presente en los artificiosos insertos heredados del
cine mudo que, como venidos de un afuera, aprovechan para apuntalar la imagen
con la irrupción de una voz en posesión de un poderoso -no omnisciente pero sí
abrasador- conocimiento de lo que ocurre en pantalla): tocan a la película, se
aparecen, rehúyen la diluyente representación, no participan de ningún
movimiento dramático.
 |
A third and bigger madame. |
Oliveira sabe que el cine sirve de prótesis a la literatura
en su inmemorial incapacidad para delimitar el signo: su uso invasivo de la
palabra parecería reducir sus imágenes a la nada, pero les asigna una labor que
cualquier movimiento de cámara podría poner en solfa. Se trata de su
reconversión en santuarios, en los espacios de salvación de los viejos
acontecimientos literarios (amor, olvido, soledad, muerte) que la literatura se
limita a representar y nunca todavía nos ha mostrado. Como yo les quería hacer notar,
Lafayette misma dedicaba su novela a poner en extensión las íntimas torturas
devocionales de su protagonista y dejaba la indicación de la virtud moral para
un gesto tan pobre como esa, por otro lado, chorreante frase final; si
ustedes, como yo y Madame, creen en la inspiración divina del bien, sabrán que no
hay manera de departir sobre él, y que no queda más que asentirlo mientras se le busca un nombre. No les retengo más el dato: el mismo Manoel de
Oliveira adaptó La princesa de Clèves en A carta/La lettre (1999).
 |
Aimer. |
Y estremece, a fe, la radical pobreza de recursos visuales en los
principales movimientos narrativo-espirituales tomados de la novela: la
decisión final de reclusión monástica, el amor por un hombre de ridícula
compostura que un día arrebata a la de Clèves, la muerte de la madre en la que
le previene contra este amor y le recuerda la necesidad de preservar la virtud
en el matrimonio… No se trata, ya decía, de adaptar, sino de rescatar la
nitidez de la significación moral de algunos eventos literarios a los que las
condiciones estructurales de la novela amansan y desactivan. Por eso sus
éntasis narrativos son tan dispares respecto a esas imágenes esquivas y esas
significaciones ambiguas del drama cinematográfico: ni el amor ni la muerte
tienen para Oliveira causas físicas, ni puede decirse que tengan su origen en el interior -ya biológico, ya espiritual- de los personajes (pues sus almas son las posturas en que se colocan, y su
interior está sustraído a nuestra mirada), sino que son eventos que vienen a
encontrarse con sus cuerpos y los ponen en circunstancia de significar. Son
instantes sostenidos de posesión y transformación, acontecimientos
a-psicológicos: significatividades religiosas.
No existe un tal objeto como una novela religiosa. No son
los temas los que configuran la religiosidad de una narración,
sino la disposición de los signos y una determinada manera de darse el sentido.
No hay signos religiosos en la literatura porque ella no detenta ningún poder
mostrativo; la novela no puede decir, porque la suspensión de la temporalidad
del lenguaje en la escritura inhabilita la deixis (yo no puedo escribir “estoy
escribiendo” sin estar mintiendo ahora).
La fuerza de la imagen es la misma que la del nombre en el lenguaje hablado: el poder del cine y la pintura es nominativo. “He aquí” (et lux fuit, ecce homo) es la primera frase de toda religión y la que habrá de acompañar a cualquier visita mesiánica que ustedes aguarden del tiempo futuro, pero es un modo de representación que la literatura no alcanza. Por el contrario, la pintura llegó a somatizar la estructura indicativa de la revelación y, ya en el barroco, se llenó de dedos que apuntan, señalan y que le elevarán a usted, si es que es amante piadoso.

La irrupción salvífica del verbo viene a detener
definitivamente otras fútiles cadenas de significación que no atienden a la
estricta continuidad de las imágenes rocosas. Oliveira nos da los signos con
inédita alegría. “Esto es amor”, dice aquel personaje o esta voz en off, “aquí llega el bien”, “el mal es
malo”, pudiera decírsenos incluso. La representación de la intimidad, que
siempre es un vacío (miren al personaje, seguro que algo le recorre las
mientes) o una falsedad (las imposturas imitativas del monólogo interior),
queda como el oficio de los cobardes, pues ¿qué nos dice la representación?: este llanto, estos sacrificios, este tono ocre que anuncia el otoño... ¡son amor! –o tienen al amor por causa o consecuencia-; o, aun peor, la interpretación de
este personaje (sus inflexiones tonales, sus gestos anómalos) denota el
bien (y ustedes tan contentos) o el mal (y ustedes lo mismo)… ¡Especulación y
sofismo!
 |
Vayan ya ustedes solos... |
El verbo, experimentado por algunos espectadores de cine como una
intromisión, es un modo insustituible de darse la verdad en la imagen, pues
opera como clausura (piensen en cómo Bresson glosa el significado de los gestos
de esperanza o desilusión de su curé de
campagne: “Quedé tan desilusionado que tuve que apoyarme contra el quicio”,
dice la voz narrativa mientras el protagonista se apoya contra el quicio... thanks, Susan) de los procesos
psicológicos, de la arbitrariedad de las conexiones sentimentales, de la respuesta emocional (la disolución del acontecimiento) al acontecimiento, y abre la
puerta a que estos personajes petrificados y sin ventanas (los de Bresson, los
de Oliveira, los de Wes Anderson) se suman con fidelidad en su vida oculta para
devenir, cual revelaciones, signos unívocos, ¡que no descifrables! y, eso solo el
tiempo lo dirá, acaso también santos.
 |
La esperanza. |