Carlos Pott
A Miguel Gómez, mientras espero para llevarle al cine.
(A Carmen Chacón, causa habitual de mi alegría, le va a costar, de aquí a unos días, negar más de lo acostumbrado su condición femenina. Para ella inauguro esta sección, aunque sea quizá de entre todas las de este
blog de la que menos tiene que aprender, pues viene resolviendo los atolladeros de ser mujer -que a todas nos afectan de algún modo- con bastante más soltura que muchas que yo me
sé).
Tanta fue la consternación que me produjo la escena final de Before Midnight (Richard Linklater,
2013), que corrí a buscar en la prensa internacional si alguien había visto la misma
película que yo, y había vivido con la misma angustia el censurable comportamiento de su protagonista femenina. Resultó que los cronistas de la más variada catadura se limitaban a constatar la dureza de los diálogos en el hotel y describían un feroz
intercambio de resentimientos entre los dos, como si no fuera solo ella la que se comporta como una energúmena.
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Jesse (Ethan Hawke) y Céline (Julie Delpy). Ella es MUY MALA. |
Con una elegancia de la que
yo no podría participar (no hoy), solo A.O. Scott (NYTimes) hace una
reflexión cumplida acerca de las muy diferentes posiciones discursivas de
cada uno, y apunta a un condicionamiento genérico (brutalmente soslayado por el resto) de las mismas:
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La va a liar. |
Estas frases, ciertamente elusivas,
mantienen un mínimo de responsabilidad, frente a la cobardía del resto de críticos, a la hora de valorar la distribución de roles de género que la película tiene en su centro. Que la sutileza del crítico sirva de trampolín a
mis propósitos: demostrar que Céline es una zorra irredimible, y Jesse una víctima
de su deshonestidad discursiva; o, dicho de otra forma, juzgar moralmente a los
personajes, cual si yo fuera ese amigo dieciochesco que ustedes esperaban.
Vean como el crítico ya anuncia, amedrentado, la descompensación que refiero: ¿cómo
la complacencia –que es tan solo una afección del alma– puede provocar la rabia
de otro alguien? Y, sobre todo, ¿cómo es eso de que en el origen de una tal rabia
se entrevere la preocupación por una política universal (el feminismo) con una
economía afectiva particular (la pareja)? ¿Con qué extraño animal discute
Jesse?
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En la jaula con la bestia. |
La película no tarda mucho
en darme la razón en mi focalización temática. Así, véase, durante las escenas en la campiña
griega:
1) La
distribución simbólica de los espacios: los hombres descansan fuera mientras
Jesse les cuenta, con petulancia, las claves de su próxima novela (de mierda). Las mujeres, dentro de la casa, preparan la comida;
2) la anécdota que refiere una vieja lamentable, amiga del anfitrión, sobre la reacción primera de hombres y mujeres al despertar de un
coma: ellos comprueban que conservan el pene, ellas preguntan por toda su
familia.

La acusación precoz,
que pretende acelerar las decisiones del matrimonio y lanzarlo al abismo de una
crisis que solo ella intuye (y al intuir, describe y genera), proviene de algo que,
en el ámbito de los agonistas shakespearianos (Macbeth, Hamlet o Iago), podría describirse como una
imaginación proléptica y creadora, y que es, en sentido lato, lo que llamamos
psicosis. Y, cuando se presenta bajo la forma de la enfermedad, es penosa y digna
de conmiseración, pero cuando hay quien la quiere convertir en un arma de abuso
y control, y quiere con ella condicionar las decisiones del otro, es una fuerza
proveniente del corazón de Satán. Hablar aquí de la pasivo-agresividad de Jesse
para problematizar la postura de quien, como él, procura no dejarse arrastrar por una
escalada de los extremos que solo funciona para uno de las partes sería una
muestra de condescendencia para con Céline que mis feministas favoritas (Mary
Wollstonecraft y John Stuart Mill) nunca me perdonarían.
Por supuesto, a Céline no
le basta con la indecencia de cambiar, cuando le parece, los términos de la
discusión para emitir enunciados en cuanto sujeto histórico. También, por ejemplo, niega el
derecho de su marido a priorizar el cuidado y la responsabilidad familiar
(derecho que él ni siquiera ha demandado: acaso ella se adelante porque tiene
miedo de perder su primacía moral también en este ámbito; y es que la vanidad de
Céline es un monstruo insaciable), pero a la vez exige que su valor diferencial en la familia venga dado por su excedente de responsabilidad con respecto a las hijas que
tienen en común. Este, en principio, se justifica por las puntuales ausencias laborales de Jesse, pero Céline ansía más: un reconocimiento ciego en virtud de una
fuerza oculta, la maternidad, que conlleva angustias y seísmos desconocidos por
el varón. Él apenas puede (ni debe) gastar tiempo en explicarle que, quizás (y,
desde luego, basta con que no pueda llegar a ser probado para que él se
sienta en posesión de esta verdad), su expresión de esa angustia sea diferente, o que esa angustia no es atributo del que presumir.

Como ven, no estaría lejos
de afirmar que esta película, en su nítida dificultad, es digna de admiración,
pero ha de ser salvada ideológicamente antes de poder lanzarnos a sus
brazos. En mi caso, solo podré hacerlo si entiendo que se trata de una
descarnada exploración de la indecencia discursiva de una mujer moralmente
abyecta, incapaz de tener una relación mínimamente honesta con el lenguaje.
Pero si la película trata, como he visto analizar con casi total unanimidad, de
las dificultades de una pareja de mediana edad; si las sinrazones de Céline
valen tanto como la prudencia de Jesse y su deseo de dormir tranquilo, entonces ya me convenceré de que al mundo le rige la más vil sofistería, y solo podré pedirles que no
cuenten conmigo para este siglo.