jueves, 24 de mayo de 2012
sábado, 5 de mayo de 2012
Contra el público de Woody Allen
MGV
Hoy seré festivo, casi imperceptible y liviano, no tanto para compensar la
desastrosa recepción del último post, aquel en el que puse mi alma y que hundió
los registros de pyr—así bautizado por un participante de esta su casa—, como para mimetizarme con el objeto de estudio. Así será esta sección, con su poquito de aquí te pillo, aquí te mato. Esta es una crítica en
exclusiva de To Rome with Love. No
se preocupen que a buen seguro les digo que no habrá spoilers.
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¿Quieres Roma? He's your man. |
La última película de Woody Allen antes que divertida o aburrida,
consistente o inconsistente, buena o mala —y adivinen cuál será la tríada—, es
una película perezosa, mucho más mecánica y adocenada que John Carter, por poner un infortunado blockbuster. Fotografía
Roma no ya desde la estereotipia, algo que no tendría por qué sentarle mal
precisamente a Roma, sino con desidia; sobrevuela los diálogos con prisas, como
si quisiera llegar a algún lugar que, al final, se descubrirá inexistente y los
chistes desfallecen en la boca de los protagonistas antes incluso de que acaben
de ser pronunciados.
Todo esto podría ser perdonable, sino fuera porque está al servicio de la
mayor de las tropelías del último Woody Allen: se ha vuelto didáctico. En sus
últimas películas el neoyorquino se ha empeñado en revelarnos una idea, una
sola y, aún peor, ingeniosa y en mostrárnosla hasta la extenuación (la de la
idea y la nuestra).
Dice que ahora rueda fuera porque en Europa le cuesta menos conseguir
financiación: nada que reprocharle a la industria de Hollywood (salvo el Oscar
a mejor guion de la pasada campaña).
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On permanent vacation. |
Ya se ha vuelto un lugar común afirmar que Match point fue su última obra maestra. Desde allí
hemos ido de mal en peor. Scoop se aferraba a dos chistes y lo
último que tenía que ofrecer la señorita Johansson antes de abandonar el mundo
de la actuación (sigue trabajando, pero es ya es otra historia); El
sueño de Casandra, en cambio, resucita con el paso del
tiempo: en su día fue catalogada de pequeña y correcta, pero hoy, a la luz de
lo que vino después, sabemos que allí al menos había aún actores, trama y escenarios.

Y aún así es un gesto de rabia infantil, injusto y ridículo, criticar el
trabajo de un señor que asegura que no le importaría hacer una obra maestra
siempre que no interrumpa sus planes para cenar esta noche o que afirma sin
remilgos que hace películas para que la ansiedad no lo devore y que trata de
hacer coincidir sus rodajes en el extranjero con las vacaciones de sus hijos
para pasarlas todos juntos en familia.
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The untouchables. |
Con estas premisas artísticas, que lo acercan alegremente al funcionario
que pasa más tiempo tomando el café de la mañana que en la silla de trabajo y
que, precisamente vez por eso lo vuelven más envidiable que criticable, Allen
nos recuerda que el problema no lo tiene él sino nosotros, que acudimos a ver sus
películas.
Reprocharle su pereza o su desidia creativa es una pataleta nuestra que a
él ni le va ni le viene. Y llego al final de la crítica, con la promesa
cumplida de no introducir spoilers (supongo que a estas alturas a nadie se les
escapa que un servidor no ha visto el filme) y no querría marcharme sin
proponerse un compromiso, tal vez por colectivo más fiable, de que esta vez
seremos fuertes y no iremos ninguno a ver To Rome with love.
Repitámoslo todos a una: nada esperamos de ella, nada queremos de ella.
Eso sí, y doy por hecho que en esto también estemos juntos en esto ustedes y yo: a Penélope no me la pierdo.
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Escrito está en mi alma vuestro gesto. |
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